viernes, 9 de marzo de 2007

E FELLINI VA

En los últimos años de su vida Federico Fellini (1990-1993) repetía que el cine estaba al borde del colapso, que iba a acabarse. La idea del naufragio siempre le había fascinado, porque abandonar todas las certezas y recomenzar desde cero le hacía sentirse joven, pero ya no le quedaba mucho tiempo para afrontar la pérdida que vaticinaba. Si el cine desaparecía, él también desaparecería. Para Fellini el cine no era algo abstracto, el cine era él mismo, y era su propia vida la que tocaba a su fin.

Dos libros de reciente publicación, Fellini. Su vida y obras (ed. Tusquets), la completa biografía escrita por Tullio Kezich, y Fellini. Les cuento de mí (Sexto Piso), el compendio de conversaciones que mantuvo con el periodista Costanzo Costantini, invitan a repensar la obra de este director visionario, y a fijarnos hoy, especialmente, en las profecías que vertió sobre el final del cine. Su visión apocalíptica se sustanció cuando un buen día decidió darse una vuelta por los cines de Roma. El imperio audiovisual de Berlusconi ya había causado estragos en Italia y la televisión había conformado un público que desertaba de las salas. “Parecía que estábamos presenciando un éxodo, una emigración en masa, una diáspora ciclópea”. Fellini describe un ambiente de ciencia-ficción: “Te daba la sensación como que de pronto la Tierra se hubiera despoblado, mientras las máquinas seguían funcionando por fuerza de la inercia”.

Para Fellini la televisión era un instrumento de sometimiento, “el miedo de pensar, de afrontar la realidad”, y la publicidad, “un cataclismo, como la lava que destruyó Pompeya”. Abominaba de ese aparato que, apretándole un botón, permite ver decenas de películas una tras otra. “Es como si dijeran: Fellini, pero, ¿quién te crees? No eres nadie. De hecho, yo te destruyo. Aprieto un botón y ya no existes”. Cuando afirmaba que “el ojo ha sido asaltado, enviciado, torturado”, parecía tener presente el suplicio al que someten a Malcolm McDowell en La naranja mecánica de Kubrick.

Para Fellini los nuevos medios técnicos que estaban transformando el cine no traían su “democratización", sino que le quitaban “la sugestión que es propia del espectáculo cinematográfico como sueño, como visión, como creación fantasmagórica”, lo que dio sentido a su vida. Aunque el fin de una cosa y el nacimiento de otra le resultaba una idea embriagadora, no lograba sobreponerse a una mutación que le estaba haciendo perder su confianza en el imaginario del espectador, que podría borrar su memoria del mundo.

Aquel día que visitó las salas de cine de Roma, Fellini se peguntó por qué había tantas y si había el equivalente de películas para ver. Para proyectar "las verdaderas películas, las de cineastas auténticos", quizá bastaran diez salas, "y no todas abiertas, o no todas abiertas toda la semana", se respondió. "O tal vez sería mejor que sólo quedaran cuatro o cinco salas, en las que se proyectaran las películas de antaño, posiblemente con el director presente, viejísimo, en silla de ruedas, momificado, para mostrarlo como un simulcro a los visitantes o a los espectadores de la sala-museo".

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